Cuando veo a un intelectual, le saco la vuelta, y considero que el escritor debe ser el menos intelectual de todos los pensadores, porque sus ideas y sus pensamientos son cosas muy personales que no tienen por qué influir en los demás ni hacer lo que él quiere que hagan los demás; cuando se llega a esa conclusión, cuando se llega a ese sitio, o llamémosle final, entonces siente uno que algo se ha logrado.
martes, 2 de julio de 2013
El desafio de la creación Juan Rulfo
Cuando veo a un intelectual, le saco la vuelta, y considero que el escritor debe ser el menos intelectual de todos los pensadores, porque sus ideas y sus pensamientos son cosas muy personales que no tienen por qué influir en los demás ni hacer lo que él quiere que hagan los demás; cuando se llega a esa conclusión, cuando se llega a ese sitio, o llamémosle final, entonces siente uno que algo se ha logrado.
viernes, 21 de junio de 2013
Not Knowing Donald Barthelme
lunes, 24 de diciembre de 2012
Diles a las mujeres que nos vamos
Autor: Raymond Carver
Bill Jamison había sido siempre el mejor amigo de Jerry Roberts. Ambos habían crecido en la zona sur, cerca del viejo parque de atracciones. Habían ido juntos a la escuela primaria y luego a la secundaria, y más tarde entraron en Eisenhower, donde hicieron cuanto estuvo en su mano para tener el mayor número de profesores comunes, se intercambiaron camisas y suéteres y pantalones con pinzas, y salieron y fornicaron con las mismas chicas, e hicieron todas esas cosas que suelen salir al paso normalmente.
En el verano conseguían trabajos juntos: macerar melocotones, recoger cerezas, deshebrar lúpulo, cualquier cosa que les proporcionase algo de dinero y en donde no hubiera que soportar a un patrón al acecho. Y compraron un coche a medias. El verano anterior a su ultimo curso, juntaron el dinero y se compraron un Plymouth rojo del 54 por 325 dólares.
Lo compartieron. Y todo salió perfectamente.
Pero Jerry se casó antes de que finalizara el primer semestre, y abandonó los estudios para tomar un empleo fijo en el centro comercial Robby`s.
En cuanto a Bill, también el había salido con la chica. Carol, se llamaba, y se llevaba muy bien con Jerry, y Bill iba a visitarlos siempre que podía. Tener amigos casados le hacía sentirse mayor. Solía ir a almorzar o a cenar, y escuchaban a Elvis o a Bill Haley y los Comets.
Pero a veces Carol y Jerry empezaban a ponerse a tono sin importarles que Bill se levantaba y se excusaba y se iba andando hasta la estación de servicio Dezorn`s a tomarse una Coca – Cola, pues en el apartamento de Jerry no había más que una cama abatible en la sala de estar. O bien ellos se metían en el cuarto de baño y Bill se iba a la cocina y fingía interesarse por la alacena o el frigorífico mientras trataba de no escuchar.
Así que Bill empezó a no ir tan a menudo; y, después de graduarse en junio, consiguió un empleo en la fábrica Darigold y se alistó en la Guardia Nacional. Al cabo de un año tenía a su cargo su propia ruta lechera y mantenía relaciones formales con Linda. De modo que Bill y Linda iban a visitar a Jerry y Carol, y bebían cerveza y oían discos.
Carol y Linda se llevaban bien, y a Bill le halagó que Carol le dijera – así, confidencialmente- que Linda era una "auténtica persona".
También a Jerry le gustaba Linda.
-Es estupenda - comentó Jerry.
Cuando Bill y Linda se casaron, Jerry fue el padrino de boda. La fiesta, naturalmente, fue en el Donelly Hotel, y Jerry y Bill se cogieron del brazo y se bebieron el ponche de un trago y se despacharon a gusto con toda clase de diabluras. Pero en determinado momento, en medio de toda aquella alegría, Bill miró a Jerry y pensó en lo mucho que había envejecido, pues tenía veintidós años y aparentaba muchos más. Para entonces tenía ya dos hijos y había ascendido en Robby´s a adjunto a la gerencia, y había otro retoño en camino.
Se veían todos los sábados y domingos, y más a menudo si había una fiesta. Cuando hacía buen tiempo, Bill y Linda iban a casa de Jerry, y asaban perritos calientes en la barbacoa, mientras dejaban a los niños en la piscina portátil que Jerry había conseguido por cuatro perras – al igual que tantas otras cosas - en el centro comercial donde trabajaba.
Jerry tenía una bonita casa. Estaba sobre una colina desde donde se divisaba el Naches. Había otras casas en las cercanías, pero no muy próximas. A Jerry le iban las cosas a pedir de boca. Cuando Bill y Linda y Jerry y Carol se reunían, lo hacían siempre en casa de Jerry, pues era él quien tenía la barbacoa y los discos y la chiquillería que no paraba de dar la lata.
Sucedió un domingo en casa de Jerry.
Las mujeres estaban en la cocina preparando las cosas. Las hijas de Jerry jugaban en el jardín. Lanzaban una pelota de plástico a la piscinita, chillaban y se metían a chapotear detrás de ella.
Jerry y Bill, echados en las tumbonas del patio, bebían cerveza y descansaban.
Bill llevaba el peso de la conversación: hablaba de gente que conocían, de Darigold, del Pontiac Catalina de cuatro puertas que pensaba comprarse.
Jerry miraba fijamente el tendedero, o el Chevy descapotable del 68 que estaba en el garaje. Bill pensó que Jerry iba a acabar por quedarse ensimismado, mirando como miraba todo el tiempo fijamente y sin decir esta boca es mía.
Bill se movió en su tumbona y encendió un cigarrillo.
Preguntó:
-¿Te sucede algo, muchacho? Quiero decir… ya sabes.
Jerry acabó su cerveza y aplastó la lata. Se encogió de hombros.
- Ya sabes – dijo.
Bill asintió con la cabeza.
Luego Jerry propuso:
- ¿Qué tal si nos damos una vuelta?
- Me parece perfecto – aprobó Bill – Les diré a las mujeres que nos vamos.
Tomaron la carretera del río Naches rumbo a Gleed. Conducía Jerry. El día era cálido y soleado, y el aire azotaba el interior del coche.
-¿Adónde vamos? – preguntó Bill.
- Vamos a echar unas partidas de billar.
- Estupendo – celebró Bill. Se sentía mucho mejor viendo a Jerry animado.
- Hay que salir de vez en cuando – se justificó Jerry. Miró a Bill-. ¿Me entiendes, no?
Sí, Bill le entendía. Le gustaba ir con los compañeros de la fábrica a jugar en la liga de bolos del viernes por la noche. Le gustaba irse un par de veces a la semana después del trabajo a tomarse unas cervezas con Jack Broderick. Sabía que los jóvenes tienen que salir de vez en cuando.
-Al pie del cañón- dijo Jerry mientras tomaba la pista de grava que conducía al Rec center.
Entraron. Bill sostuvo la puerta para que pasara Jerry, y al pasar Jerry le dio un puñetazo suave en el estómago.
-¿Qué hay, gente?
Era Riley.
-Eh, ¿Cómo estáis, chicos?
Riley salía de detrás de la barra sonriendo abiertamente. Era un hombre corpulento. Llevaba una camisa hawaiana de manga corta que le colgaba fuera de los tejanos. Riley repitió:
-¿Cómo estáis, chicos?
-Venga, calla y ponnos un par de Olys- pidió Jerry, guiñando un ojo a Bill-. ¿Y tú cómo estás, Riley?
-Preguntó Jerry.
Riley continuó:
-¿Cómo os va, chicos? ¿Dónde os habíais metido?
¿Tenéis algún lío de faldas? La última vez que te vi, Jerry, tenías a la parienta de seis meses.
Jerry se quedó quieto unos instantes, y pestañeó.
-¿Qué hay de esos Olys?-insistió Bill.
Se sentaron en unos taburetes cerca de la ventana.
Jerry comentó:
-¿Qué local es éste, Riley, sin una sola chica un domingo por la tarde?
Riley rió. Contestó:
-Imagino que están todas en la iglesia rezan do para conseguir un macho.
Se tomaron cinco latas de cerveza cada uno y tardaron dos horas en jugar tres partidas de turnos y dos de Billar ruso. Riley, sentado en un taburete, hablaba y miraba cómo jugaban. Bill no paraba de mirar primero su reloj y luego a Jerry.
Bill saltó:
-¿Bueno, en qué piensas, Jerry? Repito, ¿en qué piensas?
Jerry acabó la lata, la aplastó y se quedó un momento dándole vueltas en la mano.
Una vez en la carretera, Jerry empezó a pisarle a fondo: a veces ponía el coche a ciento treinta y ciento cuarenta kilómetros por hora. Acababan de adelantar a una vieja furgoneta cargada de muebles cuando vieron a las dos chicas.
-¡Mira eso!- exclamó Jerry, reduciendo la marcha-. Ya haría yo algo con ellas.
Jerry siguió como un kilómetro y salió de la carretera.
-Volvamos –propuso-. Intentémoslo.
-joder –dudó Bill-. No sé.
-Yo les haría algo- insistió Jerry.
Bill remoloneó:
-Sí. Pero no sé…
-Joder, venga- le apremió Jerry.
Bill miró el reloj y luego miró en torno. Dijo: -Suelta el rollo tú. Yo estoy desentrenado.
Jerry hizo sonar la bocina mientras giraba en redondo.
Cuando se acercó a la altura de las chicas redujo la velocidad. Hizo entrar el Chevy en el arcén. Las chicas siguieron pedaleando en dirección opuesta, pero se miraron la una a la otra y rieron. La que ocupaba el borde de la pista era alta y esbelta y tenía el pelo oscuro; la otra era rubia y más menuda. Ambas llevaban shorts y blusas al descubierto la espalda.
-Putas- masculló Jerry.
Esperó que pasaran los coches para cruzar y tomar la dirección contraria.
-La morena es para mí-decidió. Añadió-: la pequeña es tuya.
Bill se echó hacia atrás en su asiento y se tocó el puente de las gafas de sol.
-Ésas no van a hacer nada- auguró.
-Pronto las tendrás a tu lado- le contradijo Jerry.
Cruzó la autopista y dio marcha atrás.
-Prepárate- anunció.
-Hola – dijo Bill cuando alcanzaron las bicicletas-.
Me llamo Bill.
-Muy bonito- dijo la morena.
-¿Adónde vais? –preguntó Bill.
Las chicas no respondieron. La pequeña rió. Siguieron pedaleando y Jerry siguió conduciendo.
Eh, venga. ¿Adónde vais?- insistió Bill.
-A ningún sitio- contestó la pequeña.
-¿Y dónde es ningún sitio?
- Ya te gustaría saberlo –coqueteó la pequeña.
-Te he dicho mi nombre –respondió Bill-. ¿Cuál es el tuyo? Éste se llama Jerry.
Las chicas se miraron y rieron.
Apareció un coche a la zaga. El conductor tocó el claxon.
-¡A la mierda! –gritó Jerry.
Aceleró hasta despegarse de las bicicletas y dejó que el coche lo adelantara. Luego retrocedió hasta situarse al lado de las chicas.
Bill propuso:
-Os damos un paseo. Os llevamos a donde queráis. Lo prometo. Tenéis que estar cansadas de darles a los pedales. Tenéis pinta de cansadas. No es bueno el exceso de ejercicio. Y menos para las chicas.
Las chicas rieron.
-¿Lo veis? –continuó Bill-. Ahora venga, decidnos cómo os llamáis.
-Yo soy Bárbara, y ésta es Sharon –dijo la menuda.
-¡Perfecto! –exclamó Jerry-. Ahora entérate de adónde van.
-¿Adónde vais? –quiso saber Bill-. ¿Eh, Barbara?
La chica rió.
-A ninguna parte -respondió -. Por la carretera.
-¿Pero por la carretera adónde?
-¿Te importa que se lo diga? –le preguntó a su amiga.
-No, me da igual –contestó la amiga-. Me da exactamente igual. No voy a ir a ninguna parte con nadie –resolvió la chica llamada Sharon.
-¿Adónde vais? -insistió Bill-. ¿Vais a Picture Rock?
Las chicas rieron.
-Allí es Adónde van –aseguró Jerry.
Apretó el acelerador del Chevy, adelantando a las chicas y se metió en el arcén: ahora habrían de pasar a su lado.
-No seáis así –dijo Jerry. Y les instó-: Vengas. Si ya hemos sido presentados –argumentó.
Las chicas pasaron de largo.
-¡No os voy a morder! –bromeó Jerry.
La morena miró hacia atrás. A Jerry le pareció que le miraba con ojos propicios. Pero con una chica nunca se sabe.
Jerry volvió como un rayo a calzada; de los neumáticos salieron disparados guijarros y tierra.
-¡Nos veremos! –les gritó Bill al pasar a su lado.
-Está en el bote –comentó Jerry-. ¿No has visto la mirada que me ha echado la muy guarra?
-No sé –dudó Bill-. Quizá sería mejor que volviéramos a casa.
-¡Pero si está hecho! –dijo Jerry.
Salió de la carretera y se detuvo bajo unos árboles.
La carretera se bifurcaba allí, en Picture Rock, de donde partía un ramal para Yakima y otro para el Naches, Enumclaw, el puerto de Chinook y Seattle.
A unos cien metros de la autopista se alzaba una alta e inclinada masa de roca negra, parte integrante de una cadena poco elevada de colinas llenas de senderos y pequeñas cuevas, en cuyas paredes podían verse numerosas inscripciones indias. El lado escarpado de la roca daba a la carretera, y sobre él había escritas cosas como éstas: NACHES 67 – LOS WILDCATS DE GLEED – JESÚS NOS SALVA – DERROTAD A YAKIMA – ARREPENTÍOS.
Se quedaron dentro del coche, fumando. Los mosquitos trataban de picarles en las manos.
-Cómo me gustaría tener una cerveza –exclamó Jerry-. Iría bien beberme una.
-Y yo –coreó Bill, y miró el reloj.
Cuando divisaron a las chicas, Jerry y Bill salieron del coche. Se apoyaron sobre la aleta delantera.
-Recuerda – dijo Jerry, apartándose del coche-. La morena es mía. Tú te encargas de la otra.
Las chicas dejaron las bicicletas en el suelo y tomaron uno de los senderos. Desaparecieron tras un recodo y volvieron a aparecer un poco más arriba.
Ahora estaban allí, quietas, y miraban hacia abajo.
-¿Para qué nos seguís, eh chicos?- gritó la morena.
Jerry tomó el sendero.
Las chicas se volvieron y se alejaron de nuevo a buen paso. Bill fumaba un cigarrillo, y se paraba de vez en cuando para dar una honda chupada. Cuando llegaron a un recodo, miró hacia atrás y vio el coche.
-¡Muévete! –le instó Jerry.
-Ya voy –respondió Bill.
Siguieron subiendo. Pero Bill tuvo que recobrar el resuello. Ya no podía ver el coche. Tampoco la carretera. A su izquierda pudo ver una franja del Naches, que se extendía hacia abajo como una tira de papel de aluminio.
Jerry dijo:
-Vete a la derecha y yo iré de frente. Les cortaremos el paso a esas calientapollas.
Bill asintió con la cabeza. Jadeaba demasiado para poder hablar.
Siguió subiendo durante un rato; el sendero empezó a descender y a encaminarse hacia el valle. Bill miró y vio a las chicas. Se habían puesto en cuclillas tras un saliente terreno. Tal vez estaban sonriendo.
Bill sacó un cigarrillo. Pero no pudo encenderlo. Entonces vio a Jerry. Y después de aquello, ya no importaba.
Lo que Bill había querido era joder con ellas. O verlas desnudas. Pero tampoco le habría importado mucho que la cosa no saliera.
No llegó a saber lo que quería Jerry. Pero todo empezó y acabó con una piedra. Jerry utilizó la misma piedra con las dos chicas: primero con la que se llamaba Sharon y luego con la que se suponía que le tocaría a Bill.
Trad Jesús Zulaika
miércoles, 30 de mayo de 2012
Etopeya o del delineado de personajes
lunes, 7 de mayo de 2012
Así lo hacía Borgitos...
2. Situarlo en una época lejana, en un lugar lejano.
3. Un objeto mágico, inolvidable. El zahir, el libro de arena, el alef, etc.
4. Lo imaginado proviene de nosotros, por eso siempre la realidad resulta más extraña.
Otros:
Si una oración no tiene un fin preciso el cuento muere, si se añade algo no escencial el cuento muere.(Bashevis Singer)
5 técnicas de Seymour Menton
2. Unidad (motivos recurrentes).
3. Tono predominante desde el inicio y luego mantenerlo.
4. Vocabulario preciso y único. (preferir lo particular vs lo genera., evitar ir, decir, etc)
5. Cerrar la obra, cerrar el marco, rematar el tema.
viernes, 6 de abril de 2012
Excursus: breve comentario al "Sobre la muerte del autor" de Álvaro Enrigue
A mi entender éstas son las historias contadas en el relato. A ver si se coincide:
1. Historia de Ishi
2. Historia del narrador - viaje fallido por California
3. Historia del narrador - mudanza Wash. D.C/Boston. Anécdota de la pelirroja
4. Historia del narrador - conferencias en Berlín
5. Metarelato - la dificultad de contar la historia de Ishi
5a. Anécdota: el viejo y Atxaga
Pero, ¿No son también dos historias en diferentes momentos? Porque de Ishi cuenta cómo lo encontraron, después sobre su vida en el museo, luego regresa al "principio" y refiere la historia de la tribu, el exterminio y cómo finalmente se queda solo, y al final vuelve a sus últimos días, sus visitas al mar y la contemplación de sus monedas.
Sobre el narrador podría decirse lo mismo. ¿Son varias historias o es una historia en diferentes momentos?
Segunda parte: Sobre la pelirroja pendeja, el viejo y la literalidad.
¿Qué quiere decir Enrigue en la primera línea del cuento?
¿Es la típica pose del escritor o simplemente quiere decir que la genialidad de ciertas historias se opaca sobre el papel? Es verdad, !Cuántas buenas historias que al ponerlas sobre el papel se desdibujan! Pero, en todo caso, a eso están condenadas. Aún el más perito opondrá objeciones a su obra. Más bien me parece una pose del escritor. "La historia que significa por sí misma", escribe Enrigue. Me parece poco válida la expresión. No existe una historia "por sí misma". La prueba de ello es el relato. La vieja disputa entre la oralidad y la escritura ya hace mucho que quedó atrás. Una historia es historia escrita o si no, queda en mera anécdota de reunión o idea en la mente de quien la concibe.
Sin embargo, cuando Enrigue introduce el término "literalidad", siento que el problema va por otro lado. ¿Qué opinan?
Lo que parece evidente es la denuncia de un mundo lleno de estupidez, la diferencia de mentalidades según el lugar donde se nace, cosas así, pero sigo insistiendo en que hay un trasfondo.
Entiendo que hay una propuesta. Enrigue propone una poética, la poética de "la falta de un pedazo" (Kafka, Cortázar, Onetti... ¿Quién más?) y la transformación en una mitología. La consigna es insistir en que el mundo sea, permanezca incontrolable. No el happy end, sino la historia de amor que fracasa. Si es así, el reclamo es historia vieja, aunque oportuno. Vale la pena seguir insistiendo en ello dadas las condiciones del mundo.
Pero, ¿Qué más?
y dejo esta línea del cuento como torito: "es ahí cuando en la historia incontable de Ishi el niňo mordido se convierte en perro, el bosque se llama "Desierto" y la pelirroja porta una camiseta que no dice "pendeja".
Marcel: Intuyo como usted que Enrigue no hace sino eternizar el tópico: “nadie sabrá cómo hay que contar esta historia, si en primera persona, segunda...” Pero hay una diferencia que surge de la lectura del título: “La muerte del autor” (Barthes dixit). Es decir, Enrigue está diciendo, no puedo contar la historia porque no soy capaz pero también porque nuestra época ya no puede contar cuentos así; empezar: "En una remota orilla de los Apalaches, frente a la infantería yankee..." Y no se puede porque no creemos ya en esa voz, estamos demasiado entrenados, demasiado descreídos.
Estoy pensando en el magistral “Aleph”, que cuenta una historia ridícula (el mismo narrador así lo deja ver, supino, menos mal que no decubito, se siente burlado estúpidamente) sobre un lugar ridículo y un viejo iniciado en las artes del amor platónico e incapaz para el aristotélico. Y la historia de amor, no es historia de amor, sino envoltura de la historia inverosímil. Ahí está todo el chiste: a diferencia de otros cuentos, Borges "metaficcionaliza" la ficción propiamente dicha. Sin ese cascarón la historia sería —no queiro decir más o menos creíble— pero sí más literal. Enrigue utilza otro cascarón, pero cascarón al fin y al cabo.
Entonces la genialidad de ciertas historias se opaca sobre el papel? !Cuántas buenas historias que al ponerlas sobre el papel se desdibujan! "La historia que significa por sí misma".
Yo diría que son dos cosas, aunque una misma, como en el río de Heráclito. El tópico es viejo, tanto como Horacio cuando dice: “Homero es un río caudaloso; yo, una pendeja abejita que apenas puede moldear versos mal hechos”. Pero hay un logro megalómano en Enrigue, hay un pavoneo en decir, no conté la historia incontable, pero sí la conté y de manera tan literal que terminó por se otra cosa, por cambiar la playera de la pelirroja pendeja en pendeja pelirroja. Y todo esto porque cuando se es el último de algo, el último escritor, en este caso, con un ego del tamaño de, cuando menos Texas...
No sé si todo el asunto de la pelirroja vaya por ahí, es decir, Enrigue denuncia lo difícil que es escribir hoy porque el mundo es demasiado literal. Y aquí yo difiero. Es difícil escribir porque todo es demasiado "imaginario" en el sentido etimológico: no vivimos de palabras, vivimos de imágenes. Es difícil construir a un personaje porque el público no quiere imagínarselo quiere que se lo imaginen por él; quiere Jóligud que ya se lo imaginó por él un millón de veces, quiere personajes de "carne y hueso". Y por eso la historia de Ishi al propio Enrigue le suena a estar fabricando un reportaje sobre derechos indígenas para Proceso, una película de vaqueros, o un documental de NatGeo, pero no le suena a escribir literatura. Hay demasiado contexto para la lectura, hay demasiadas imágenes, nuestro “mundo mundial” no es literal, es imaginario... (sobreinterpreto, lo sé).
En Cine, es como esas películas que tienen voice over (que los que saben dicen que es recurso literario) como en Memorias del subdesarrollo. Una manera de contar pero no contar y contar además otra cosa, y una manera fácil de burlarse de uno mismo, de encimar la voz propia a otros hechos como en segundo plano y a otros en tercero y... Es como el arma en el cajón de Hitchcock, nos sorprende no porque no sepamos que está ahí, sino porque no sabemos cuándo... Por eso la línea clave es la primera: Hay historias que son imposibles de contar... y sí, no pude contarla, pero era mi intención (como en “Aleph”, como en “Las babas del diablo”).
Y el mecanismo se repite en los últimos cuentos del libro (en todos los de Cortázar) ¿será por eso que hoy día es tan difícil escribir en tercera omnisciente? ( y no nos empantanemos con las mamadas de focalización de Genette) porque incluso la "tercera mentirosa" de Corti, que lo ve todo pero que ironiza, que hace chistes sardónicos, que hace piruetas y lanza versos metafísicos...
De botepronto, Marcel, luego le seguimos...
El autor quiso aportarnos algunas ideas. Gracias, Álvaro:
Decía Picasso famosamente --sin compararme-- que en Guernica el toro es un toro y el caballo un caballo. Lo que dice la primera línea del cuento es sincero: traté de contar mil veces la historia de Ishi desde que vi una exhibición de sus objetos en un museo en San Francisco. Y siempre supe que su historia debería ser la que atara todas las demás del libro al que pertenece --se llama Hipotermia. No es un libro de cuentos, tampoco es una novela: es un artefacto en el que distintas historias con distintos personajes generan un fluído que no pasa ni por los nombres ni las personalidades de los personajes, ni por los contextos íntimos en que les pasan cosas, ni por una trama que empiece en A y termine en Z. "Sobre la muerte del autor" activa una poética, pero sólo la activa: las demás piezas están en otras partes del libro: Contar es imposible, pero se puede construir en torno a lo que se quiere decir y al final el resultado significa algo. La pelirroja es una pendeja porque cree que el lenguaje representa automáticamente. En su mundo, el niño al que muerde un perro sería un niño con rabia, no otro perro.
Primero una aclaración de mal gusto pero indispensable: el comentario a "Sobre la muerte del autor" fue un ejercicio más de desmenuzamiento que de crítica literaria objetiva, y como tal, probablemente diga menos sobre el cuento y más sobre los comentaristas. De todos modos, a mí no me interesa la crítica literaria "objetiva" y espero que en eso estemos de acuerdo.
Conozco tu libro Hipotermia. "Sobre la muerte..." fue uno de mis favoritos desde que lo leí por primera vez aunque creo que no lo entendí bien. No me gustaba precisamente por la historia de Ishi, sino por el viaje beatnik con las abuelas, el naufragio alemán y la pelirroja. En esta segunda lectura surgieron algunas correciones ópticas que pusieron en el centro a Ishi pero también al autor, no sólo por el título sino por el penúltimo párrafo: "Si uno es el último de algo...es ahí cuando en la historia incontable de Ishi, el niño mordido se convierte en perro..."; y sobre todo en el último: "A veces escribir...es conceder lo que queda...".
Decía también Buñuel --con mayor malicia, me parece, que Picasso-- que el oso en El ángel exterminador era un oso y no un símbolo del comunismo y, mejor aún, que estaba ahí por la limpia y sencilla razón de que a su padre le encantaban los osos. La sinceridad de Picasso o Buñuel está fuera de discusión, el asunto es que el "oso" puesto donde está no es solamente un oso, aunque tampoco sea un artefacto comunista.
Yo creo que "Sobre la muerte..." lleva el título que lleva y está en la sección en donde está, ("Grandes finales"), no tanto por el gran final de Ishi, sino por la sensación de estar en la cima de presenciando el ocaso de la literatura y del autor, omo quien ve desmoronarse la montaña sobre la que se está parado. Final no apocalíptico sino rúnico y en esa lectura, tu poética propone una literatura de ciclos, donde las historias empiezan en A pero ¿qué tal si no terminaran en Z?; "la parejita que conduce a los hijitos y en el camino algo se jode" (algo evidente en Vidas paralelas).
No dudo de la sinceridad de la frase: "hay cuentos que son imposibles de ser contados"; pero tampoco dudo del "al parecer". Especialmente los que empezamos en esto hemos sentido esa misma sincera impotencia de la mano desfondada por simples puñados de palabras que no sabemos jugar; pero hay en todo este asunto un elemento agregado --que agrego yo mismo y ya no sé si también el autor del cuento.
Ya por último creo que parte del arte poética del cuento está encerrada en la frase "...me parece que tanta literalidad puede acabar siendo nociva, aunque no sé para qué...". Nuestra época no es la única ni la primera que ha sentido el vértigo de ser "lo último de algo"; ni de intuir que la literatura y el autor deben cambiar, o mejor: morir. Y la única muerte que no sería digna, sería la de la literalidad. En todo Hipotermia uno intuye una jeremiada por la muerte del autor literario --tampoco sé bien qué signifique eso de "literario"-- ("La pluma de Dumbo"; "Superación personal", etc.) ; jeremiada irónica y sardónica, pero jeremiada al fin y al cabo. Veo en esa confesión una repetición antigua de un tópico literario --que sea tópico no quiere decir que no sea sentido-- y en ello siempre va todo el ego agrandado y la genialidad del autor. No sé si esté lograda la poética completamente en Hipotermia, pero (disculpa el tono lisonjero del párrafo pero las palabras se escurren como canicas) la búsqueda es innegable. Yo al menos la prefiero a, otra vez, la marquesa salienedo a las cinco.
jueves, 15 de marzo de 2012
CSN 1. In medias res
Tipos de Comienzo
1. In medias res:
De wiki hasta Ari, di con esto.
Según el brevis atque obesus:
"nec gemino bellum Troianum orditur ab ovo; / semper ad eventum festinat et in medias res / [...] auditorem rapit"
Entonces ¿No sería más bien el in medias res la única manera de contar bien algo? La única manera de "auditorem rapit" sería empezar, no por el comienzo, sino por la acción desarrollada.
El género melodramático, desarrollado ad nauseam (yo no diría a la perfección) en Jóligud, es el mejor ejemplo de esto. Pienso en Pulp Fiction y todas las que antes lo hicieron (81/2 de Fellini, por citar un ejemplo). Es casi imposible encontar una historia joligudesca que empiece realmente por el principio, por uno. Más bien se presenta la acción antes de los créditos y luego ya se pasa todo frente a los ojos.
Basta de teoría y veamos los ejemplos:
El día en que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5.30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo.
Me parece que Gabo quiere sorprender, pero si se ve bien, al final no comienza sino por el "principio", es decir, el día aquel. No comienza con el cuerpo ensangrentado, de bruces sobre el suelo, lo cual entiendo que es comenzar por el final.
No me viene ningún cuento que comience por el final. Películas: pensé en The fight club. Buscaré algún ejemplo de cuento.
2. A ver qué me dice de este comienzo. "Sucedió el 35 de Mayo. Y naturalmente no es de extrañar que el tío Ringelhuth no se sorprendiera de nada. Le hubiera pasado tan sólo una semana antes lo que le pasó aquel día y con seguridad habría pensado que él o el planeta tenían flojos dos o tres tornillos. No obstante, el 35 de Mayo el ser humano debe estar preparado para lo más inusitado". (Erich Kästner, Der 35. Mai)
yo encuentro el mismo problema, la fecha nos sitúa, ele "claramente" si alude a algo anterior uno se pregunta ¿por qué claramente? quiere decir que es porque como ya se explicó antes (una historia que no está contada en el cuento... Por lo demás, no me gusta el exagerado, una esmana antes, aquel día, y luego el 35 de Mayo, como una suerte de Gabo (el día en que...etc) arrepentido.
3. o el famoso de Onetti: "La primera carta, la primera fotografía, le llegó al diario entre la medianoche y el cierre. Estaba golpeando la máquina, un poco hambriento, un poco enfermo por el café y el tabaco, entregado con famlliar felicidad a la marcha de la frase y a la aparición dócil de las palabras." (El infierno tan temido)
Sitúa efectivamente al personaje in medias res...
Esteban Echeverría (El matadero)
Aunque la mía es historia, no la empezaré por el arca de Noé y la genealogía de sus ascendientes, como acostumbraban hacerlo los antiguos historiadores españoles de América, que deben ser nuestros prototipos. Tengo muchas razones para no seguir ese ejemplo que callo por no ser difuso. Diré solamente que los sucesos de mi narración pasaban por los años 183...Estábamos a má en cuaresma, época...
Ejemplo casi literal de la discusión ab ovo vs in medias. "callo por no ser difuso"; y al final ¿no empieza ab ovo? Rídiculo lo del arca de Noé me parece.
Carver
Vecinos: Billy y Arlene Miller eran una pareja feliz. Pero de vez en cuando tenían la sensación de que en su círculo de amistades se les había relegado -
Vitaminas: Yo tenía empleo y Patty no. Trabajaba unas horas de noche en el hospital.
Cortázar.
Había empezado a leer la novela unos días antes.
Andrée, yo no quería venirme a vivir a su departamento de la calle Suipacha.
Entre Carver y Cortázar hay diferencia me parece. Cierto, decir "yo y Patty" ya implica una focalización y presentación de personajes desconocidos que se esclarecerá durante la narración propiamente dicho o Billy y Arlene (¿esto de presentarlos por nombre y apellido será rasgo típico de Carver?) pero no es un "in medias res brutal" como Cortázar (¿o idealizo, Marc?) porque la primera línea de COntinuidad introduce de golpe de que va todo el cuento, de la novela y de la lectura. Púm. Nocaut desde el inicio, o apendejamiento y luego Nocaut. Lo mismo con Andree, todo el asunto del departamento y "yo no quería". En este caso meter a los conejitos sería ocioso.
De todos modos, in medias res estricto sería Cuando despertó... Se nos pone en medio de la escena que además es la única, la del dinosaurio. Porque decir que la Iliada empieza "in medias res" porque es el año X de la guerra y Aquiles está enojada con Agamenón... no sirve para el cuento. Se necesita otro análisis. Ayúdeme, Marc.
2. Exordio o preludio a manera de “captatio benevolentiae” Pensaba justamente en el maravilloso nadie sabrá cómo hay que contar esto si en primera etc” pero también en desde la cripta de Lovecraft y algunos de Poe que empiezan con una suerte de “disculpa” de aunque les parezca algo increíble, creánme pasó. Etc.
Nunca se sabrá cómo hay que contar esto, si en primera persona o en segunda, usando la tercera del plural o inventando continuamente formas que no servirán de nada. Si se pudiera decir: yo vieron subir la luna, o: nos me duele el fondo de los ojos, y sobre todo así: tú la mujer rubia eran las nubes que siguen corriendo delante de mis tus sus nuestros vuestros sus rostros. Qué diablos.
¿Qué función tiene este comienzo? ¿Realmente captar la benevolencia, introducir los elementos "alógicos" del cuento? Usted y yo, fanes de Corti, no lo diremos pero ¿no resulta chocante? ¿Toleramos hoy tanto rodeo? Porque este es el primer párrafo y luego se sigue con lo de la Remington y la Còntax y etc...
3. Por el final. La manera joligudense ¿Conoces algún cuento que empiece así?
-¿Qué quieres, viejo?...
Varias veces cayó la pregunta de lo alto de los andamios. Pero el viejo no respondía
El Viaje a la semilla que leímos alguna vez. Pero ¿sí? ¿Nos cae? ¿No es más bien imposible luego que la escritura es sucesión en el tiempo, empezar por el final?
Se me ocurren tres ejercicios. El primero empezar con un aburrido "captatio benevolentia", otro "brevísimo a la Corti" y otro "por el final" a ver si se puede eso que digo. El chiste claro es que sea "el mismo cuento" pero además, que sea un cuento ya hecho. Algo de alguie. Pura reelaboración yo digo.
Pero antes y para cerrar, algunos comienzos sueltos de cuentos, que no hayamos leído para juzgarlos así nada más como comienzos, si "auditores rapit". Inlcuyo a los rusos que yo tengo olvidados (no sé usted, Marc) pero dicen son los papás de los pollitos.
Esto dice la wiki en francés:
La Curée d'Émile Zola, 2ème roman du cycle des Rougon-Macquart (1872), commence par : "Au retour" mais nous ne savons pas d'où puisque l'aller n'est pas raconté.
Une Vie de Guy de Maupassant (1883) commence par « Jeanne ayant fini ses malles, s'approcha de la fenêtre, mais la pluie ne cessait pas ». On ne sait pas qui est Jeanne, ni où elle est, ni où elle part.
La Métamorphose de Kafka (1915), qui commence par « Grégoire Samsa s'éveilla un matin, dans son lit, au sortir d'un rêve agité, transformé en une véritable vermine ».
La Condition humaine d'André Malraux (1933), qui commence par « Tchen tenterait-il de lever la moustiquaire ? Frapperait-il au travers ? »
L'Étranger d'Albert Camus (1942), qui commence par « aujourd'hui maman est morte. »
L'Ignorance (2000) de Milan Kundera commence par un dialogue : « Qu'est ce que tu fais encore ici ? »
Luego se me ocurre entonces: "Muchos años después frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía habría de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo".
Enrigue:
Hay cuentos que al parecer son imposibles de ser contados..." "captatio b¿?
Tolstoi (Valor)
Mes de Julio. El capitán Blopov asomó a la entrada de mi cabaña, cabaña hecha de barro.
Acá por ejemplo ¿De qué sirve el "mes de Julio"? No he leído el cuento, pero sólo si se va narrando estilo "diario" o si el aroma del mes, la "canícula" como dice el maestro Vizcaíno... Pero si no...Me acuerdo también de alguna rusa formalista que había estudiado ya esto de los comienzos y decía que los rusos (y los rusofranceses onda Balzac) siempre empezaban como con "long-shots" Paisajes, y luego ya se metían a los "close-ups" una cosa más o menos lógica desde el punto de vista de cómo vemos. Y cómo ahora una historia puede empezar con un close-up. Antes impensable, porque si la película empezaba con una toma a una mano, el espectador no iba a preguntarse de quién es esa mano, lo primero que iba a hacer es decir "qué es eso", no le iba a ser fácil "entender" la diegesis, o es la "mimesis" en este caso? jaja. Bueno ya muy clavado.
Más rusos:
Gogol (Historia del Capitan K)
Después de la campaña de 1812... (misma historia que con Tolstoi)
Chejov:
La capital está envuelta en las penumbras vespertinas. Cae lentamente la nieve en leves copos...
También hay "long-shot" pero "la" capital, introduce un apego, una focalización (esto tiene que ser nuestro segundo tema) casi inmediata, según yo...
Basta por hoy, Marc, métase y comente aquí mismo en esta entrada....
Círculos sobre negro 0.
0. Conceptos básicos y algunas reglas del juego.
1. In medias res o de cómo empezar por el principio.
2. Etopeya o del delineado de personajes.
3. caput et partes o de las tres partes de un cuento.
4. Ekfrasis o de la descripción de escenarios.
5. Antiperistasis, peripecia o “the turn of the screw”.
6. Phronesis o la voz en e espejo.
7. Consecutio temporum o de la unidad del espacio y el tiempo.
8. Hamartia, anagnórisis y catarsis o del arma en el cajón.
9. Lexis o la ley Huidobro “el adjetivo si no da vida, mata”.
10. De si Platón o Aristóteles tenían razón sobre un cuento de Borges.
0. Conceptos básicos y algunas reglas del juego.
1. Breve justificación o por qué la Retórica y la Poética antigua para escribir cuentos modernos.
El mundo está lleno de personas envidiosas. Los escritores a través de la historia han mitificado su oficio como una cosa que se ha aprende sin más, sin reglas, sin método. Y aunque es cierto que algunos nos han obsequiado con consejos, frases clarividentes, “decálogos” y enseñanzas, la Antigüedad se encargó de sistematizar todo el conocimiento teórico y práctico al respecto de la construcción de textos en sendas artes: Retórica y Poética. No encontramos razón sensata para no echar un vistazo. Al final, tomaremos lo que sirve y lo que no, lo dejaremos correr como agua turbia.
2. Las tres primeras partes de la Retórica.
La retórica según los antiguos (que nada tiene que ver con “el arte de convencer” como gustan de repetir los merolicos hoy en día) se puede dividir en inventio, dispositio y elocutio.
a) la inventio se refiere a encontrar el tema. De qué se va hablar.
b) la dispositio se refiere a saber construir el tema. Con qué orden se va a contar.
c) la elocutio se refiere a elegir las palabras. Cómo se va a decir.
En estas tres se esconde la vieja oposición entre forma y contenido, bastante útil para nuestros fines. Pero la forma a su vez se divide a un nivel macro y a otro micro. Cuando se construye una casa se planea por un lado cuántas habitaciones tendrá, cuántos pisos, dónde estará la entrada, etc. (dispositio); Por otro lado, se reflexiona en cuanto a qué materiales son los más adecuados para los cimientos, cuántos ladrillos serán necesarios, de qué color será el recubrimiento, etc. (elocutio).
En cuanto a la inventio, la primera de las partes de la Retórica, no nos detendremos en ella. Idealmente todos cargamos ya con temas en la cabeza. Temas que nos dan vuelta todo el tiempo, cosas que hemos escrito anteriormente. La idea es trabajar esos temas. De cualquier forma, cada módulo teórico propondrá un tema a desarrollar y ejercicios que “disparen” la utilización de otros temas para quien prefiera esta opción.
Intercalaremos las otras dos dispositio y elocutio en una suerte de “temas selectos” para hacerlo más interesante. La dispositio nos servirá para pensar el cuento en su nivel estructural, cómo empezar, cuántas partes se deben desarrollar, qué elementos son imprescindibles, cómo debe rematarse el final, etc. La elocutio será referente para pensar el lenguaje, el tono, los adjetivos, etc.
miércoles, 9 de febrero de 2011
A Portrait of the Artist as a Young Man, James Joyce - Dossier
"Stream of consciousness". Definir exactamente lo que es el "Monólogo interior"
¿Joyce se adscribe con la novela al género de la "Bildungsroman" o intenta una renovación? ¿O se opone a él?
Analizar de qué manera se va transformando la sintaxis. ¿La frases sencillas, repetitivas, se conviernten en frases complejas hacia la mitad y el final del libro?
sábado, 10 de abril de 2010
"La partida del tren" - Clarice Lispector ( -> 20 mayo)
Ángela Pralini advirtió el movimiento y preguntó:
-¿Quiere cambiar de lugar conmigo?
Doña María lo rechazó con delicadeza, dijo que no, muchas gracias, a ella le daba lo mismo. Pero parecía haberse perturbado. Se pasó la mano sobre el camafeo afiligranado de oro, pinchado en el pecho, paseó la mano por el broche, la quitó, la llevó hasta el sombrero de fieltro con una rosa de paño, la retiró. Seca. ¿Ofendida? Al final, le preguntó a Ángela Pralini:
-¿Es por mí que desea cambiar de lugar?
Ángela Pralini dijo que no, se sorprendió, la vieja se sorprendió por el mismo motivo: no se reciben atenciones de una viejita. Ella sonrió un poco demasiado y los labios cubiertos de talco se partieron en surcos secos: estaba encantada. Y un poco agitada:
-Qué amabilidad la suya -le dijo-, qué gentileza.
Hubo un movimiento de perturbación porque Ángela Pralini rió también, y la vieja continuaba riendo, mostrando una dentadura bien arenada. Dio discretamente un tirón al cinturón que la apretaba demasiado.
-Qué amable- repitió.
Se recompuso un tanto deprisa, cruzó las manos sobre el bolso que contenía todo lo que se podía imaginar. Las arrugas, mientras reía, habían tomado un sentido, pensó Ángela. Ahora eran otra vez incomprensibles, superpuestas en un rostro otra vez inmodelable. Pero Ángela le quitaba la tranquilidad. Ya conocía a muchas jóvenes nerviosas que se decían: si me río un poco lo arruino todo, va a ser ridículo, tengo que parar, y era imposible, la situación era muy triste. Con inmensa piedad, Ángela vio la cruel verruga en la mandíbula, verruga de la cual salía un pelo negro y tieso. Pero Ángela le quitaba la tranquilidad. Se daba cuenta de que sonreiría en cualquier momento: Ángela la ponía en ascuas. Ahora era una de esas viejitas que parecen pensar que están siempre atrasadas, que se pasaron de hora. No se contuvo un segundo más, se irguió y espió por su ventana, como si fuera imposible mantenerse sentada.
-¿Quiere levantar el cristal? -le dijo un chico que oía a Haendel en una radio a pilas.
-¡Ah! -exclamó ella, aterrorizada.
¡Oh, no!, pensó Ángela, se estaba arruinando todo, el chico no debía haber dicho eso, era demasiado, no había que tocarla otra vez. Porque la vieja, casi a punto de perder la actitud de la que vivía, casi a punto de perder cierta amargura, temblaba como música de clave entre la sonrisa y el extremo encanto.
-No, no, no -dijo ella con falsa autoridad-, de ningún modo, gracias, sólo quería mirar.
Se sentó inmediatamente como si la delicadeza del chico y de la muchacha la vigilaran. La vieja, antes de subir al tren, se persignó con tres cruces en el corazón, besando discretamente las puntas de los dedos. Llevaba un vestido oscuro con cuello de encaje verdadero y un camafeo de oro puro. En la oscura mano izquierda las dos alianzas gruesas de viuda, gruesas como ya no se hacían. Del otro vagón se oía a un grupo de bandeirantes que cantaban Brasil agudamente. Felizmente, era en el otro vagón. La música de la radio del chico se entrecruzaba con la música de otro, que estaba escuchando a Edith Piaf cantando J´attendrai.
Fue entonces cuando el tren de pronto dio una sacudida y las ruedas se pusieron en movimiento. Comenzó la partida. La vieja murmuró bajo: "¡Ay, Jesús!". Ella se bañaba en la terma de Jesús. Amén. Por la radio a pilas de una mujer se supo que eran las seis y treinta de la mañana, mañana fría, la vieja pensó: Brasil mejora la señalización de sus calles. Un tal Kissinger parecía mandar en el mundo.
Nadie sabe dónde estoy, pensó Ángela Pralini, y eso la asustaba un poco, ella era una fugitiva.
-Mi nombre es María Rita Alvarenga Chagas Souza Melo, Alvarenga Chagas era el apellido de mi padre -dijo, agregando una petición de disculpas por tener que decir tantas palabras sólo para pronunciar su nombre-. Chagas -añadió con modestia- eran las llagas de Cristo. Pero me puede llamar doña María Rita. ¿Y su nombre? Su gracia, ¿cuál es?
-Mi nombre es Ángela Pralini. Voy a pasar seis meses en la hacienda de mis tías. ¿Y usted?
-¡Ah! Yo voy a la hacienda de mi hijo, me voy a quedar allí el resto de mi vida, mi hija me trajo hasta el tren y mi hijo me espera con el auto en la estación. Soy como un paquete que se entrega de mano en mano.
Los tíos de Ángela no tenían hijos y la trataban como a una hija. Ángela se acordó de la nota que dejó para Eduardo: "No me busques. Voy a desaparecer de tu vida para siempre. Te amo como nunca. Tu Ángela no fue más tuya porque tú no quisiste".
Quedaron en silencio. Ángela Pralini se entregó al ruido cadencioso del tren. Doña María Rita miró de nuevo su anillo de brillantes y perla en su dedo, alisó el camafeo de oro: "Soy vieja pero soy rica, más rica que todos aquí en el vagón. Soy rica, soy rica". Espió el reloj, más para ver la gruesa placa de oro que para ver la hora. "Soy muy rica, no soy una vieja cualquiera." Pero sabía, ah, sabía bien que era una viejita cualquiera, una viejita asustada por las menores cosas. Se acordó de sí misma, el día entero sola en su mecedora, sola con los criados, mientras la hija, relacionista pública, pasaba el día afuera, no llegaba hasta las ocho de la noche, y ni siquiera le daba un beso. Se acordó ese día a las cinco de la mañana, todavía oscuro y hacía frío.
Después de la delicadeza del chico estaba extraordinariamente agitada y sonriente. Parecía más delgada. Cuando se reía, se revelaba como una de esas viejas llenas de dientes. La crueldad dislocada de los dientes. El chico ya se había alejado. Ella abría y cerraba los párpados. De pronto golpeó con los dedos la pierna de Ángela, con extrema rapidez y suavidad:
-Hoy todos están verdaderamente, pero verdaderamente amables, qué gentileza, qué gentileza.
Ángela sonrió. La vieja permaneció sonriendo sin quitar los ojos profundos y vacíos de los ojos de la muchacha. Vamos, vamos, la fustigaban de todos lados, y ella espiaba para acá y para allá como si fuera a escoger. ¡Vamos, vamos!, la empujaban riendo de todos lados y ella se sacudía, sonriente, delicada.
-Qué amables son todos en este tren -dijo.
Súbitamente intentó recomponerse, carraspeó falsamente, se contuvo. Debía ser difícil. Temía haber llegado a un punto donde no podía interrumpirse. Se mantuvo en severidad y temor, cerró los labios sobre los innumerables dientes. Pero no podía engañar a nadie. Su rostro tenía tal esperanza que perturbaba los ojos de quienes la veían. Ella ya no dependía de nadie: una vez que la habían tocado, podían irse, ahora ella sola se irradiaba, magra, alta. Pero todavía quería decir algo y ya preparaba un gesto social de cabeza, llena de gracia previa. Ángela se preguntaba si ella sabría expresarse. Ella pareció pensar, pensar y encontrar con ternura un pensamiento ya todo hecho donde mal y mal podía acoger su sentimiento. Dijo con cuidado y sabiduría de anciana, como si precisara tomar ese aire para hablar como vieja:
-La juventud. La juventud amable.
Rió un poco fingidamente. ¿Iba a tener una crisis de nervios?, pensó Ángela Pralini. Porque estaba tan maravillosa. Pero carraspeó otra vez con austeridad, dio unos golpecitos con las puntas de los dedos como si ordenara con urgencia a la orquesta una nueva partitura. Abrió el bolso, lo revisó hasta encontrar un diario grande y normal, fechado tres días atrás, observó Ángela. Se puso a leer.
Ángela había perdido siete kilos. En la hacienda iba a comer lo que nunca en la vida: guiso de habas y repollo de Minas Gerais, para recuperar los preciosos kilos perdidos.
Estaba tan delgada por intentar acompañar el raciocinio brillante e interrumpido de Eduardo: bebía café sin azúcar sin parar para mantenerse despierta. Ángela Pralini tenía los senos muy bonitos, eran su punto fuerte. Tenía los ojos con ojeras profundas. Ella aprovechaba el silbido aullante del tren para que fuese su propio grito. Era un berrido agudo, el suyo, sólo que vuelto hacia adentro. Era la mujer que bebía más whisky en el grupo de Eduardo. Aguantaba de seis a siete de una vez, manteniendo una lucidez de terror. En la hacienda iba a beber leche grasa de vaca. Una cosa unía a la vieja y a Ángela: ambas iban a ser recibidas con los brazos abiertos, pero una no sabía eso de la otra. Ángela se estremeció súbitamente: quién daría el último día de vermicida al cachorro. Ah, Ulises, pensó ella del perro, no te abandoné porque quisiera, lo que necesitaba era huir de Eduardo, antes que él me arruinase totalmente con su lucidez: lucidez que iluminaba demasiado y lo quemaba todo. Ángela sabía que los tíos tenían remedio contra la picadura de cobra: pretendía entrar de lleno en la floresta espesa y verde, con botas altas y untada con remedio contra la picadura de mosquito. Como si saliera de la carretera Transamazónica, la exploradora. ¿Qué bichos encontraría? Era mejor llevar una espingarda, comida y agua. Y una brújula. Desde que descubrió -pero lo descubrió realmente con espanto- que iba a morir un día, desde entonces no tuvo más miedo a la vida, y a causa de la muerte, tenía derechos totales: lo arriesgaba todo. Después de haber tenido dos uniones que habían terminado en nada, esta tercera que terminaba en amor-adoración, cortada por la fatalidad del deseo de sobrevivir. Eduardo la había transformado: la hizo volver los ojos hacia adentro. Pero ahora miraba hacia afuera. Veía a través de la ventana los senos de la tierra, en las montañas. ¡Existen pajaritos, Eduardo! ¡Existen nubes, Eduardo!, y cuando yo era una niña cabalgaba a la carrera en un caballo desnudo, sin silla. Y estoy huyendo de mi suicidio, Eduardo. Disculpa, Eduardo, pero no quiero morir. Quiero ser fresca y rara como una granada.
Y la vieja fingía que leía el periódico. Pero pensaba: su mundo era un suspiro. No quería que los otros la consideraran abandonada. Dios me dio salud para viajar, sólo. Ttambién soy buena de cabeza, no hablo sola y yo misma me baño todos los días. Olía a agua de rosas mustias y maceradas, era su perfume añejo y enmohecido. Tener un ritmo respiratorio, pensó Ángela de la vieja, era la cosa más bella que quedó desde que doña María Rita naciera. Era la vida.
Doña María Rita pensaba: cuando se hizo vieja comenzó a desaparecer para los otros, sólo la veían por casualidad. Ella ya era el futuro.
Ángela pensó: creo que si encontrara la verdad, no podría pensarla. Sería impronunciable mentalmente.
La vieja siempre fue un poco vacía; bien, un poquito. ¿Muerte? Era raro, no formaba parte de los días. Y aun "no existir" ni existía, era imposible no existir. No existir no cabía en nuestra vida diaria. La hija no era cariñosa. En compensación, el hijo era tan cariñoso, bonachón, medio gordo. La hija era seca, con sus besos rápidos, la relacionista pública. La vieja tenía cierta holganza de vivir. La monotonía, sin embargo, era lo que la sostenía.
Eduardo escuchaba música con el pensamiento. Y entendía la disonancia de la música moderna, sólo sabía entender. Su inteligencia la ahogaba. "Tú eres una temperamental, Ángela", le dijo una vez. ¿Y qué? ¿Qué mal había en eso? Soy lo que soy y no lo que piensas que soy. La prueba de quien soy es esta partida del tren. Mi prueba también es doña María Rita, ahí enfrente. ¿Prueba de qué? Sí. Ella ya tuvo plenitud. Cuando ella y Eduardo estaban tan apasionados uno por el otro que estando juntos en una cama, con las manos unidas, ella sentía la vida completa. Poca gente conocía la plenitud. Y, porque la plenitud es también una explosión, ella y Eduardo cobardemente pasaron a vivir "normalmente". Porque no se puede prolongar el éxtasis sin morir. Se separaron por un motivo fútil casi inventado: no querían morir de pasión. La plenitud es una de las verdades encontradas. Pero el rompimiento necesario fue para ella una ablación, como ocurre a las mujeres a quienes les extraen el útero y los ovarios: vacía por dentro.
Doña María Rita era tan antigua que en la casa de la hija estaban habituados a ella como a un mueble viejo. Ella no era novedad para nadie. Pero nunca le pasó por la cabeza que era una solitaria. Sólo que no tenía nada que hacer. Era un ocio forzado que en ciertos momentos se tornaba doloroso: no tenía nada que hacer en el mundo. Salvo vivir como un gato, como un cachorro. Su ideal era ser dama de compañía de alguna señora, pero eso ya no se usaba y además nadie la creería fuerte a los setenta y siete años, pensarían que era floja. No hacía nada, sólo eso: ser vieja. A veces se deprimía: pensaba que no servía para nada, no servía siquiera a Dios: doña María Rita no tenía infierno dentro de ella. ¿Por qué los viejos, aun los que no tiemblan, sugieren algo delicadamente trémulo? Doña María Rita tenía un temblor quebradizo de música de acordeón.
Pero cuando se trata de la vida, ¿quién nos ampara? Pues cada uno es uno. Y cada vida tiene que ser amparada por esa propia vida de cada uno. Cada uno de nosotros: es con lo que contamos. Como doña María Rita siempre fue una persona común, le parecía que morir no era cosa normal. Morir era sorprendente. Era como si ella no estuviera a la altura del acto de la muerte, pues nunca le había ocurrido hasta ahora nada de extraordinario en la vida que justificara de pronto otro hecho extraordinario. Hablaba y hasta pensaba en la muerte, pero en el fondo era escéptica e incrédula. Pensaba que se moría cuando ocurría un accidente o alguien mataba a alguien. La vieja tenía poca experiencia. A veces tenía taquicardia: bacanal del corazón. Pero sólo eso, y le sucedía desde joven. En su primer beso, por ejemplo, el corazón se desgobernó. Y fue una cosa buena, en el límite con lo malo. Algo que recordaba su pasado, no como hechos sino como vida: una sensación de vegetación en sombra, hierbas, samambayas, culandrillos, frescor verde. Cuando sentía eso otra vez, sonreía. Una de las palabras más eruditas que usaba era "pintoresco". Era bueno. Era como oír el murmullo de una fuente y no saber dónde nacía.
Un diálogo que sostenía consigo misma:
-¿Estás haciendo algo?
-Sí, estoy: estoy siendo triste.
-¿No te molesta estar sola?
-No; pienso
A veces no pensaba. A veces se quedaba sólo siendo. No necesitaba hacer. Ser era ya un hacer. Podía ser lentamente o un poco de prisa.
En el asiento de atrás, dos mujeres hablaban y hablaban sin parar. Sus voces constantes se fundían con el ruido de las ruedas del tren y de las vías.
Doña María Rita había esperado que la hija permaneciera en la plataforma del tren para decirle adiós, pero esto no sucedió. El tren inmóvil. Hasta que arrancó.
-Ángela -dijo-, una mujer nunca dice la edad, por eso sólo puedo decirte que es mucha. Pero a ti (¿puedo tutearte, verdad?) voy a hacerte una confidencia: tengo setenta y siete años.
-Yo tengo treinta y siete -dijo Ángela Pralini.
Eran las siete de la mañana.
-Cuando era joven era muy mentirosa. Mentía muchísimo.
Después, como si se hubiera desencantado de la magia de la mentira, dejó de mentir.
Ángela, mirando a la vieja doña María Rita, tuvo miedo de envejecer y de morir.
Sostén mi mano, Eduardo, para no tener miedo de morir. Pero él no sostenía nada. Lo único que hacía era: pensar, pensar y pensar. Ah, Eduardo, ¡quiero la dulzura de Schumann! Su vida era una vida deshecha, evanescente. Le faltaba un hueso duro, áspero y fuerte, contra el cual nadie pudiera nada. ¿Quién sería ese hueso esencial? Para alejar esa sensación de enorme carencia, pensó: ¿cómo se las arreglaban en la Edad Media sin teléfono y sin avión? Misterio. Edad Media, yo te adoro y tus nubes oscuras y cargadas que desembocaron en el Renacimiento luminoso y fresco.
En cuanto a la vieja, estaba ida. Miraba hacia la nada.
Ángela se miró en el pequeño espejo del bolso. Me parezco a un desmayo. Cuidado con el abismo, le digo a aquella que se parece a un desmayo. Cuando me muera, voy a sentir tanta nostalgia de ti, Eduardo. La frase no resistía la lógica, sin embargo tenía en sí misma un imponderable sentido. Era como si ella quisiera expresar una cosa y expresara otra.
La vieja ya era el futuro. Parecía tener vergüenza. ¿Vergüenza de ser vieja? En algún punto de su vida debería con certeza haber habido un error, y el resultado era ese extraño estado de vida. Que sin embargo no la llevaba a la muerte. La muerte era siempre una sorpresa para quien moría. Tenía, a pesar de todo, el orgullo de no babear ni hacer pipí en la cama, como si esa forma de salud bravía hubiera sido meritoriamente el resultado de un acto de su voluntad. Sólo no era una dama, una señora de edad, por no tener arrogancia: era una viejita digna que de repente tomaba un aire asustadizo. Ella, bueno, ella se elogiaba a sí misma, considerábase una vieja llena de precocidad como una niña precoz. Pero la verdadera intención de su vida, no la sabía.
Ángela soñaba con la hacienda: allí se escuchaban gritos, latidos y aullidos, de noche. "Eduardo -pensó ella para él-, yo estaba cansada de intentar ser lo que tú creías que soy. Tengo un lado malo (el más fuerte y el que predominaba ahora, el que había intentado esconder por ti), y en ese lado fuerte yo soy una vaca, soy una yegua libre que patea en el suelo, soy una mujer de la calle, soy vagabunda, y no una "letrada". Sé que soy inteligente y que a veces escondo eso para no ofender a los otros con mi inteligencia, y que soy una inconsciente. Huí de ti, Eduardo, porque tú me estabas matando con tu cabeza de genio que me obligaba casi a taparme los oídos con las manos y casi a gritar de horror y de cansancio. Y ahora me voy a quedar seis meses en la hacienda, tú no sabes dónde estaré, y todos los días tomaré un baño en el río mezclando con el barro mi propio barro. Soy vulgar, Eduardo, y tienes que saber que me gusta leer historias de folletín, mi amor, oh, mi amor, cómo te amo y cómo amo tus terribles maleficios, ah, cómo te adoro, soy tu esclava. Pero yo soy física, mi amor, yo soy física y tuve que esconder de ti la gloria de ser física. Y tú, que eres el mismo fulgor del raciocinio, entonces no sabía, eras alimentado por mí. Tú, superintelectual y brillante y dejando a todos admirados y boquiabiertos."
-Me parece -se dijo en voz baja la vieja-, me parece que esa joven bonita no tiene interés en conversar conmigo. No sé por qué, pero nadie conversa más conmigo. Aun cuando estoy junto a la gente, nadie parece pensar en mí. A fin de cuentas, no tengo la culpa de ser vieja. Pero no hago daño, y me hago compañía. Y también tengo a Nandino, mi hijo querido que me adora.
"¡El placer sufrido de rascarse!", pensó Ángela. Yo, yo que no voy en esa dirección ni en la otra, ¡soy libre! Estoy quedando más saludable, tengo deseos de decir un desafuero en voz alta para asustar a todos. ¿La vieja no entendería? No sé, ella debe haber parido varias veces. Yo no estoy de acuerdo en eso de que lo cierto es ser infeliz, Eduardo. Quiero gozar de todo y después morir y que me dañe, que me dañe, que me dañe. Sé bien que la vieja es capaz de ser infeliz sin saberlo. Pasividad. Y no entro en eso tampoco, nada de pasividad, quiero tomar un baño desnuda en el río barroso que se parece a mí, ¡desnuda y libre! ¡Viva! ¡Tres vivas! ¡Lo abandono todo! ¡Todo! Y así no soy abandonada, no quiero depender sino de unas tres personas, y el resto es: Buenos días, ¿todo bien? Todo bien. Edu, ¿sabes? Te abandono. Tú, en el fondo de tu intelectualismo, no vales la vida de un perro. Te abandono, entonces. Y abandono el grupo falsamente intelectual que exigía de mí un vano y nervioso ejercicio continuo de inteligencia falsa y apresurada. Fue preciso que Dios me abandonara para que yo sintiera su presencia. Necesito matar a alguien dentro de mí. Tú arruinaste mi inteligencia con la tuya que es de genio. Y me obligaste a saber, a saber, a saber. Ah, Eduardo, no te preocupes, llevo conmigo los libros que tú me diste para "seguir un curso en casa", como querías. Estudiaré filosofía cerca del río, por el amor que te tengo.
Ángela Pralini tenía pensamientos tan hondos que no había palabras para expresarlos. Era mentira decir que sólo se podía tener un pensamiento a la vez: tenía muchos pensamientos que se entrecruzaban y eran diferentes. Sin hablar del "subconsciente" que explota en mí, quiera o no quiera. Soy una fuente, pensó Ángela, pensando al mismo tiempo dónde habría puesto el pañuelo de cabeza, pensando si el cachorro habría tomado la leche que le había dejado, en las camisas de Eduardo, y su extremado agotamiento físico y mental. Y en la vieja doña María Rita. "Nunca voy a olvidar tu rostro, Eduardo." Era un rostro un poco asustado, asustado de su propia inteligencia. Él era un ingenuo. Y amaba sin saber que estaba amando. Iba a quedarse tonto cuando descubriera que ella se había ido, dejando al cachorro y a él. Abandono por falta de nutrición, pensó. Al mismo tiempo pensaba en la vieja sentada enfrente. No era verdad que sólo se pensaba en una sola cosa. Era, por ejemplo, capaz de escribir un talón perfecto, sin un error, pensando en su vida. Que no era buena, pero, en definitiva, era suya. Suya otra vez. La coherencia, no la quiero más. La coherencia es mutilación. Quiero el desorden. Sólo adivino a través de una vehemente incoherencia. Para meditar saqué demasiadas cosas de mí y siento el vacío. Es en el vacío donde se pasa el tiempo. Ella que adoraba una buena playa, con sol, arena y sol. Él está abandonado, perdió el contacto con la tierra, con el cielo. Él ya no vive, existe. El aire entre ella y Eduardo Gomes era de emergencia. Ella se había transformado en una mujer urgente. Es que, para mantener despierta la urgencia, tomaba drogas excitantes que la adelgazaban cada vez más y le quitaban el hambre. Quiero comer, Eduardo, tengo hambre, Eduardo, hambre de mucha comida. ¡Soy orgánica!
"Conozca hoy el supertrén de mañana." Selecciones del Reader´s Digest que ella a veces leía a escondidas de Eduardo. Era como las Selecciones que decían: conozca hoy el supertrén de mañana. Positivamente no estaba conociendo hoy. Pero Eduardo era el supertrén. Súper todo. Ella conocía hoy el súper de mañana. Y no lo soportaba. No soportaba el movimiento perpetuo. Tú eres el desierto, y yo voy a Oceanía, a los mares del Sur, a la isla de Tahití. Aunque estén estragadas por los turistas. Tú no eres más que un turista, Eduardo. Voy hacia mi propia vida, Edu. Y digo como Fellini: en la oscuridad y en la ignorancia creo más. La vida que llevaba con Eduardo tenía olor a farmacia nueva recién pintada. Ella prefería el olor vivo del estiércol por más repugnante que fuera. Él era correcto como una pista de tenis. Además, practicaba el tenis para mantener la forma. En fin, él era un trasto que ella amaba y casi no amaba más. Estaba recobrando en el tren mismo su salud mental. Continuaba apasionada por Eduardo. Y él, sin saber, también lo estaba por ella. Yo que no consigo hacer nada bien, excepto las tortillas. Con una sola mano rompía huevos con una rapidez increíble, y los volcaba en la vasija sin derramar ni una gota. Eduardo moría de envidia de tanta elegancia y eficiencia. Él a veces daba charlas en las universidades y lo adoraban. Ella también asistía, ella también lo adoraba. ¿Cómo empezaba? "No me siento a gusto cuando veo algunas personas que se levantan cuando oyen anunciar que voy a hablar." Ángela siempre tenía miedo que la gente se retirara y lo dejaran solo.
La vieja, como si hubiera recibido una transmisión de pensamiento, pensaba: que no me dejen sola. ¿Qué edad tengo? Ya ni lo sé.
Después, enseguida, vació su pensamiento. Y era tranquilamente nada. Mal existía. Era bueno así, muy bueno. Inmersiones en la nada.
Ángela Pralini, para calmarse, se contó una historia muy calmante, muy tranquila: era una vez un hombre a quien le gustaban mucho las frutas del jabuticabas. Entonces fue hacia un bosque donde había árboles cargados de protuberancias negras, lisas y lustrosas, que le caían en las manos blandamente y que de las manos le caían a los pies. Era tal la abundancia de jabuticabas que se daba el lujo de pisarlas. Y ellas hacían un ruidito muy gracioso. Hacían así: cloc-cloc-cloc, etc. Ángela se calmó con el hombre de las jabuticabas.
En la hacienda había jabuticabas y ella iba a hacer con los pies desnudos el cloc-cloc, suave y húmedo. Nunca sabía si debía o no tragar los carozos. ¿Quién le iba a contestar esa pregunta? Nadie. Sólo tal vez un hombre que, como Ulises, el perro, y contra Eduardo, respondiera: "Mangia, bella, que ti fa bene". Sabía un poquito de italiano pero nunca estaba segura de su sentido. Y después de lo que ese hombre dijera, ella tragaría los carozos. Otro árbol que le gustaba era uno cuyo nombre científico había olvidado pero que en la infancia todos habían conocido directamente, sin ciencia, era uno que en el Jardín Botánico de Río hacía un cloc-cloc sequito. ¿Ves? ¿Ves cómo estás renaciendo? Siete vidas de gato. El número siete la acompañaba, era su secreto, su fuerza. Se sentía linda. No lo era. Pero se sentía. Se sentía también bondadosa. Con ternura hacia la vieja María Rita que se había puesto las gafas para leer el diario. Todo era vagaroso en la vieja María Rita. ¿Cerca del fin? Ay, cómo duele morir. En la vida se sufre más si se tiene algo en la mano: la inefable vida. Pero, ¿y la pregunta sobre la muerte? Era preciso no tener miedo: ir hacia el frente, siempre.
Siempre.
Como el tren.
Y en algún lugar existe una cosa escrita en el muro. Y es para mí, pensó Ángela. De las llamas del Infierno llegará un telegrama fresco para mí. Y nunca más mi esperanza será decepcionada. Nunca. Nunca más.
La vieja era anónima como una gallina, como había dicho una tal Clarice hablando de una vieja desvergonzada, enamorada de Roberto Carlos. Esa Clarice incomodaba. Hacía gritar a la vieja: ¡tiene! ¡que! ¡haber! ¡una! ¡puerta! ¡de saliiiiida! y la había. Por ejemplo, la puerta de salida de esa vieja era el marido que volvería al día siguiente, eran personas conocidas, era su empleada, era la plegaria intensa y fructífera frente a la desesperación. Ángela se dijo como si se mordiera rabiosamente: tiene que haber una puerta de salida. Tanto para mí como para doña María Rita.
Yo no puedo detener el tiempo, pensó María Rita Alvarenga Chagas Souza Melo. Fracasé. Estoy vieja. Y fingió leer el diario sólo para recuperar la compostura.
Quiero sombra, gimió Ángela, quiero sombra y anonimato.
La vieja pensó: su hijo era tan bondadoso, tan cálido de corazón, tan cariñoso. La llamaba "madrecita". Sí, tal vez pase el resto de mi vida en la hacienda, lejos de la relacionista pública que no me necesita. Y mi vida será muy larga, a juzgar por mis padres y abuelos. Podía alcanzar, fácil, fácil, los cien años, pensó confortablemente. Y morir de repente para no tener tiempo de sentir miedo. Se persignó discretamente y pidió a Dios una buena muerte.
Ulises, si tu cara fuera vista bajo el punto de vista humano, serías monstruoso y feo. Era lindo desde el punto de vista perro. Era vigoroso como un caballo blanco y libre, sólo que era castaño suave, anaranjado, color whisky. Pero su pelo es lindo como el de un enérgico y empinado caballo. Los músculos del pescuezo eran vigorosos y se podían tocar con manos de dedos sabios. Ulises era un hombre. Sin dejar de ser un perro. Era delicado como un hombre. Una mujer debe tratar bien al hombre.
El tren entrando en el campo: los grillos gritaban agudos y ásperos.
Eduardo, una vez, sin gracia, como quien se ve forzado a cumplir una función, le dio de regalo un gélido diamante. Ella hubiera preferido brillantes. En fin, suspiró ella, las cosas son como son. A veces, cuando miraba desde lo alto de su apartamento, tenía deseos de suicidarse. Ah, no por Eduardo, sino por una especie de fatal curiosidad. No se lo contaba a nadie, por miedo de influir en un suicida latente. Ella quería la vida, la vida plana y plena, bonita, leyendo los artículos de Selecciones. Quería morir sólo a los noventa años, en medio de un acto de vida, sin sentir. El fantasma de la locura nos ronda. ¿Qué es lo que haces? Estoy esperando el futuro.
Cuando finalmente el tren se puso en movimiento, Ángela Pralini encendió el cigarrillo en aleluya: tenía miedo de que cuando el tren partiera, no tuviera el coraje de irse y terminara por bajar del vagón. Pero ya estaban sujetos los amortiguadores y las ruedas daban repentinos sobresaltos. El tren marchaba. Y la vieja María Rita suspiraba: estaba más cerca del hijo amado. Con él podría ser madre, ella que era castrada por su hija.
Una vez que Ángela tuvo dolores menstruales, Eduardo intentó, sin mucha gracia, ser cariñoso. Y le dijo una cosa horrorosa: estás enferma, ¿no? Se ruborizaba de vergüenza.
El tren corría cuanto podía. El maquinista feliz: así era bueno, y pitaba a cada curva del camino. Era un largo y grueso silbido de tren en marcha, ganando terreno. La mañana era fresca y llena de hierbas altas y verdes. Así, sí, vamos hacia adelante, dijo el maquinista a la máquina. La máquina respondió con alegría.
La vieja era nada. Y miraba hacia el aire como se mira a Dios. Estaba hecha de Dios. Es decir: todo o nada. La vieja, pensó Ángela, era vulnerable. Vulnerable al amor, al amor de su hijo. La madre era franciscana, la hija polución.
Dios, pensó Ángela, si existes, ¡muéstrate! Porque llegó la hora. Es esta hora, este minuto y este segundo.
Y el resultado fue que tuvo que ocultar las lágrimas que le vinieron a los ojos. Dios de algún modo le respondía. Ella estaba satisfecha y se tragó un sollozo ahogado. Vivir dolía. Vivir era una herida abierta. Vivir es ser como mi cachorro. Ulises no tenía nada que ver con el Ulises de Joyce. Intenté leer a Joyce pero no seguí porque era pesado, disculpa, Eduardo. Sé que es un pesado genial. Ángela estaba amando a la vieja que era nada, la madre que le faltaba. Madre dulce, ingenua y sufriente. Su madre que murió cuando ella tenía nueve años; aun enferma, pero viva, servía. Aun paralítica, servía.
Entre ella y Eduardo el aire tenía gusto de sábado. Y de pronto los dos eran raros, la rareza en el aire. Ellos se sentían raros, no formando parte de las mil personas que iban por la calle. Los dos a veces eran cómplices, tenían una vida secreta porque nadie los comprendía. Y también porque los raros son perseguidos por la gente que no toleran la insultante ofensa de los que se diferencian. Escondían su amor para no herir a los otros con la envidia. Para no herirlos con una estrella demasiado luminosa para los ojos.
Au, au, au, ladrará mi cachorro. Mi gran cachorro.
La vieja pensó: soy una persona involuntaria. tanto que, cuando reía -lo que no ocurría a menudo-, nadie sabía si reía o lloraba. Sí. Ella era involuntaria.
Mientras tanto, Ángela Pralini se sentía efervescente como las gotitas de agua mineral Cachambú: de repente. Así: de repente. ¿De repente qué? Sólo de repente. Cero. Nada. Tenía treinta y siete años y pretendía a cada instante comenzar la vida. Como las gotitas efervescentes del agua Cachambú. Las siete letras de Pralini le daban fuerza. Las seis letras de Ángela la volvían anónima.
Con un largo silbido aullante se llegaba a la pequeña estación donde Ángela Pralini descendería. Cogió su valija. En el espacio entre la gorra del empleado y la nariz de una joven, estaba la vieja durmiendo inflexible, con la cabeza tiesa bajo el sombrero de fieltro, una mano cerrada sobre el diario.
Ángela bajó del vagón.
Naturalmente, eso no tenía la menor importancia: hay personas que siempre se arrepienten, es un rasgo de ciertas naturalezas culpables. Pero la dejó perturbada la imagen de la vieja cuando despertara, la visión de su rostro espantado frente al banco vacío de Ángela. Al fin, nadie sabía si se había adormecido por confianza en ella.
Confianza en el mundo.
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